viernes, 29 de enero de 2016

Unidad por el Tajo

La Tribuna de Toledo, 29 enero 2016


Sólo la unidad nos traerá de vuelta al Tajo. Las próximas semanas serán vitales para el trabajo que desde hace años ciudadanos y plataformas realizan para la recuperación del Tajo, el río más castigado, olvidado y desahuciado de Europa Occidental. El próximo diez de febrero una comisión de eurodiputados del Parlamento europeo visitará el Tajo para comprobar el estado de degradación del río. Es la primera vez que esto ocurre. La visita servirá para reforzar la Petición presentada hace ya cuatro años ante las instancias comunitarias, a la vez que explicar sobre el terreno el impacto que la gestión del Tajo por parte del reino de España produce en los espacios naturales de la Red Natura 2000, y los espacios protegidos por la legislación nacional; todo ello objeto de dos Quejas presentadas ante la Comisión Europea, y que están poniendo en jaque la política de aguas seguida y aplicada en la implementación de los planes de cuenca. Previamente, el próximo día cuatro, la Plataforma en defensa del Tajo de Talavera convocará a las alcaldesas y alcaldes ribereños del Tajo a la firma de un documento de adhesión que se entregará a los eurodiputados, y que representará el compromiso firme de los pueblos del Tajo de recuperar su río, su patrimonio cultural, ambiental y social. Un acto y un documento muy importantes que marcarán un antes y un después en la historia del Tajo, y donde tienen que estar Aranjuez, Talavera de la Reina y Toledo encabezando la llamada del Tajo.

Estamos ante un momento clave, vital. Más allá de una fotografía, de un momento que pasará a la historia de la ya larga lucha y el trabajo por nuestro río, estamos ante la representación de que la unidad y la generosidad son las herramientas que nos darán la posibilidad de volver a contemplar un río vivo, con caudal, no sometido a la sobreexplotación de un trasvase injusto e insostenible, libre de contaminación y al que –si queremos de verdad– podrán volver las alamedas y, de nuevo, el color azul meloso en aguas que sean transparentes.

Nadie nos puede quitar el empeño de trabajar por lo que creemos. Nadie. En unas semanas el Tribunal Supremo puede tumbar el plan de cuenca del Tajo; las grandes ciudades ribereñas del Tajo van a volver a recurrir el plan vigente desde el pasado 8 de enero también al Tribunal Supremo, al igual que el gobierno de Castilla-La Mancha. Es el momento de la unidad, de que el Tajo no sea más un instrumento político. Hay que olvidarse de fronteras e intereses mezquinos. El trabajo de las plataformas ciudadanas en Aranjuez, Toledo o Talavera atestigua una senda de unidad, de compromiso entre ciudades unidas por un río, aquejadas de un dolor que debe cesar. Esa unidad tiene que estar muy presente estas semanas, tiene que ser muy visible, y abrir definitivamente una nueva época. Sólo con nuevas herramientas conquistaremos el futuro. Sólo con unidad y responsabilidad volveremos a sentir el latido del Tajo. Tengámoslo muy en cuenta.
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viernes, 4 de diciembre de 2015

La España del CIS

La Tribuna de Toledo, 4 diciembre 2015

España es un país domesticado. César, a las tribus más ariscas, las exterminaba. Aquí algunos nos inmolábamos en hecatombes históricas perfectas. Aquí, en la Hispania ultramoderna, con todo el tráfico histórico e historiado que hemos soportado y exportado, al final nos hemos hecho de un carácter pastueño, quizá de respeto porque siempre aparecía detrás del cerro, la raya, o la playa, alguien cortando cabezas y escribiendo la nueva ley. España es un país donde la última guerra aún no se ha cerrado, donde sigue habiendo españoles de dos categorías, los que están enterrados en las cunetas, y los que tienen cruces en los camposantos y plazas.

España es un país conservador donde la derecha sabe cuándo cambiar la piel y camaleonizarse con los tiempos que se mueven. La derecha salta de lana en liana, y le sale bien, porque España es un país de prudencias, de nadar y guardar la ropa, y donde nunca a un rey se le ha guillotinado y se ha limpiado el paisaje. España es un país que tiene dos millones de jóvenes y menos jóvenes en el extranjero. A España antes se le iba la mano de obra sobrante del suburbio, los hijos que antes se hacían curas, monjas y frailes, pero que en los setenta y setenta, con la televisión, el seiscientos y las suecas en Benidorm descubrieron que había algo más allá. Ahora se le ha ido una generación que sabe inglés, ha estudiado carreras pero igual que hace cuatro décadas le sobra a España. España destila distancia y resignación, un me aceptas o te vas con tres cuartos de despecho y un cuarterón de pena y rabia.

España, la misma que expulsó moriscos, judíos y todo lo que le interfería en el cielo alto y despejado del mediodía patrio, ahora sigue marcando su rumbo y va surcando un tiempo que aunque nuevo se antoja antiguo, como las tardes escasas de diciembre. La España del CIS ha salido de derechas y sin remisión. Todo lógico. España es un país de medianías, de una infantería práctica y que sabe dónde se la juega cada cuatro años.

En España, después de la UCD y el invento del centro, se juega a achicar los espacios, a disfrazarse y a colocarse. Todos al baile de máscaras del centro, los demás ni siquiera entran en los debates. El CIS cocina, dibuja y dispone una España dormida en su tarde de diciembre seco y de heladas. Una España que se caldea al sol tibio de mediodía, que prescinde de una generación que se ha ido y quizá no vuelva. Y a la que no le importa en demasía que un pedazo de esa España se haya quedado fuera, en la cuneta de la crisis. Una España de la oportunidad y la picaresca, del vivo al bollo y tal, de ande yo caliente. Una España de descartes que enfila el XXI emboscada en sus dédalos históricos. La España del CIS. La España que es. Y la que viene.
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viernes, 27 de noviembre de 2015

Cieno y desprecio

La Tribuna de Toledo, 26 noviembre 2015

El pasado martes a la una de la tarde comenzó a trasvasarse la poca agua que queda en Entrepeñas y Buendía. Ayer, por si fuera poco, el BOE publicaba un nuevo robo de agua rumbo al Tajo-Segura. Los embalses, ya muy por debajo de la raya de los 400 hectómetros cúbicos -poco más de 300-, encaran un invierno seco, agotados, y con el grifo abierto hacia el Levante, pero cerrado hacia el Tajo puesto que ni siquiera se está llegando en Aranjuez a los seis metros cúbicos por segundo legales. Y por Talavera no baja agua, nada, tan poca este otoño que están emergiendo nuevas islas, horizontales, someras, donde en las atardecidas van a dormir garzas y cormoranes, y la certidumbre de que nuestro Tajo ya es sólo mero recuerdo, espejismo.

Al final de los números, los planes de cuenca, las razones técnicas, los argumentos... al final, me doy cuenta de que nada de eso sirve. Que todo es parapeto de la mentira, de la utilización, del saqueo impune, del robo al pobre y débil, el secuestro de la belleza, la libertad, el paisaje, el porvenir. Y que todo, números, memorándums, planes de cuenca, participaciones públicas, milongas y demás farándula... , son polvo, engaño. Nada. Que hay que hacer algo. Definitivo. Definitivamente. Para siempre. Sin medias tintas. Quizá aún no haya llegado ese momento. Faltan agallas, rotundidad política, visión de futuro. Y coraje. Cerrar el Tajo-Segura segura es muy fácil. Es una cuestión de justicia, equidad. Y razón.

Mientras, nos queda el cieno y el desprecio. Nos queda la ruina y la vergüenza, el olvido y la impotencia. Pero todo tiene su límite. El Tajo también. Y nuestra paciencia. Que no se olvide.
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viernes, 6 de noviembre de 2015

El tiempo de las nubes

La Tribuna de Toledo, 6 noviembre 2015

A veces en otoño las nubes cruzan errantes el cielo. Son nubes blancas, desprendidas de las borrascas que giran y giran en el Atlántico, nubes como enormes icebergs, lentos, y que dibujan formas perfectas en el cielo. A veces miro por la ventana y las nubes resbalan sobre las grullas que bajan desde lejos. Son las grullas, con su canto de sirena de vientos cruzando sobre las palmeras estériles de ciudad, las que me hacen mirar hacia arriba. Romper con el suelo, con la realidad, con la vida artificial de interior. Otras veces es al salir a la calle. Días cruzados Entonces las nubes batallan altas, empujadas por las tempestades del oeste o del sur, que son vientos de aires limpios y densos de mar. Son nubes aseadas, gruesas, que pelean arriba en un caos de velocidad y luz. A veces me las quedo mirando, y algunas sin saber por qué se detienen sobre la ciudad, y manchan de sombra la línea del Berrocal, de la sierra de San Vicente y hasta los territorios lejanos e indómitos de la raya de Guadalupe. Otras veces son nubes de atardeceres rojos y profundos, como el de hoy, donde los charcos reflejan manchas de luz y ondas donde van a navegar los pájaros del atardecer. Entonces son dos cielos, dos mundos que flotan en un espejo, agarrados por un imperdible de tiempo, un segundo que se escapa. A veces miro hacia arriba sólo para no encontrar un vacío en un cielo que lo es todo. Sé que desde allá arriba los dioses observan y juegan con los simples mortales, su reflejo de carne y pasiones. Allí esperan hecatombes perfectas mientras disponen. Otras veces las nubes pasan a ras de mi ventana y abro y agarro un pedazo y lo lanzo a volar en un trozo de papel, con una tinta verde que va dejando un rastro de agua y vida. Y a veces, cuando pasan rápidas y tupidas, subo arriba, muy arriba, al mundo mineral del musgo y las piedras que caminan y hablan, donde los robles terminan y los regatos se hunden en la tierra, de donde manarán después con sabor a entrañas minerales y a raíces. Y allí las nubes ya son agua horizontal que empapan el pelo y lo llenan de distancias, de sueños, del viento ligero de todos los cielos y los mares que esperan.
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viernes, 30 de octubre de 2015

Impunidad en La Portiña

La Tribuna de Toledo, 30 octubre 2015

El embalse de La Portiña y el Berrocal conforman uno de los espacios naturales y culturales más importantes de Talavera y los pueblos nortizos de la comarca. La conjunción de una lámina de agua estable embalsada, más el monte y piedemonte granítico de encinares, enebrales y formaciones vegetales específicas ligadas a roquedos de elevada pendiente del Berrocal, culminada por la atalaya medieval, y sumado a que todo el espacio constituyó el campo de operaciones de la Batalla de Talavera en julio de 1809, da lugar a un espacio único, sensible, y muy próximo a la ciudad. Por ello es visitado y usado con asiduidad, y existe un aula de la naturaleza, por el que han pasado desde su creación hace veinte años decenas de miles de escolares.

En estos momentos, y desde hace unas semanas, las máquinas destruyen este espacio. La renovación de la tubería de abastecimiento a Segurilla y Cervera de los Montes se ha convertido en una auténtica carnicería ambiental. Una obra pagada al 80 % con fondos europeos, y subcontratada para optimizar costes, ha creado una cicatriz de cinco kilómetros de largo por entre 10 y 20 metros de ancho, para canalizar una tubería de 25 centímetros de diámetro. La falta de control ambiental es más que indignante para una actuación que sólo contaba con autorización para desbroce, y que se ha llevado por delante cientos de pies de encinas y enebros, y que ha abierto en canal con pendientes inaceptables todo el valle del arroyo de la Atalaya. Y más que indignante es triste la falta de vigor político y de personalidad del equipo de gobierno del Ayuntamiento de Talavera, que raya en el sonrojo si no estuviéramos delante del mayor desastre y delito ambiental de los últimos 30 años en su término municipal.

No hay excusas. Ni parapetos de permisos o que la obra es para abastecimiento. No se cumplen las especificaciones del proyecto, y por ahorrar se arrasa con todo. Hoy las retroexcavadoras y las orugas descarnaban en el entorno de la presa y depósito de agua de la Portiña, el suelo inmensamente frágil de cantuesos y tomillos, suelo de escasos centímetros que ha tardado en formarse cerca de setenta años. Todo perdido. Una cicatriz que quedará para siempre. Como el destrozo en toda esta obra chapucera a más no poder. Y lo más jodido de todo es que no pasa nada. Nadie asume responsabilidades. Nadie para el destrozo. ¿Consejería de Medio ambiente? ¿Para qué?, que todo vale y esto es tierra de Talavera, territorio del lejano Oeste ¿Concejalía de medio ambiente? Aquí no pasa nada, nos destrozan la casa pero lo hacen los colegas de partido de Segurilla y Cervera, y hay que tapar las vergüenzas. La impunidad campa a sus anchas montada en retroexcavadoras amarillas, políticos de medio pelo que subcontratan a los amigos y otros que hacen la vista gorda. Las encinas no tienen patas, el monte, asaeteado a cicatrices rojas, no puede defenderse.
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domingo, 18 de octubre de 2015

Sierra Soledad

Ayer crucé el Collado de Piedralba, entre la sierra de Sevilleja y la de Altamira a la espalda del Castillazo. Llovía, las nubes se enredaban en las crestas de cuarcita del Atalayón y la Jara tenía ese paisaje de presentimiento, de líneas difusas de cuerdas y cumbres que sólo traen los días metidos en nubes y nieblas. Desde el collado se diluían las líneas de los montes que caen desde el Estena, Estenilla, Estomiza o el Río Frío al Guadiana preso en Cijara, la raña de Anchuras, Rosalejo y Valdeazores. Líneas tenues, más bien presentidas y conocidas que definidas. Entonces me acordé de la historia de Simón Martín que escribí hace ya mucho tiempo. Esta primavera, si me vaga, juntaré todas estas historias y las publicaré, más que nada para que no se pierdan definitivamente. Para cuando suban las grullas.

Publicado en La Tribuna de Talavera el 29 de abril de 2002.
 

Sierra Soledad

Recuerdo que ocurrió un día de invierno ya lejano, a mediados o finales de los ochenta. No consigo acordarme del año, pero sí que por aquel tiempo los aviones de combate venían a las rañas de Anchuras a jugar a la guerra, y mientras realizaban tirabuzones, picados imposibles hasta pocos metros del suelo, lo llenaban todo con un ruido bronco y gutural que hacía enmudecer las sierras y cuyo eco se repetía como el trasiego de una tormenta aún lejana. De vez en cuando los aviones rompían la barrera del sonido y las aguas encalmadas del embalse de Cijara se estremecían con un ondular mínimo y casi imperceptible, que era como el despertar del espejo donde se venían a refugiar todas las nubes y todos los vacíos del cielo. En aquellos tiempos yo usaba unos prismáticos rusos, los Tento, una auténtica maravilla de doce aumentos que lo mismo servían para observar el vuelo lejano de las grullas o del águila que, llegado el caso, soportar sin inmutarse el caer veinte o treinta metros rodando por una cantorrera de la Jara. Eso sí, cuando mirabas por ellos todo quedaba tomado por un filtro verde y cálido, perfecto, aunque de eso no nos dimos cuenta hasta que muchos años después los más pudientes sustituyeron los viejos y perfectos prismáticos rusos por los japoneses o austríacos, que aunque más ligeros y de óptica más perfeccionada, -según aclaran los manuales y certifican los precios- nunca sustituirán la elegancia y prestancia de los viejos prismáticos fabricados en la URSS. Andaba yo aquel día de invierno, frío y despejado, aunque con barrunto de nubes y tempestades aún lejanas, por los ancones donde el Estena viene a morir al embalse del Cijara.

Andaba yo, demasiado dado a la nostalgia, con los antiguos mapas topográficos donde el Guadiana aún no había caído en la celada del embalse de Cijara. Ahí estaban las líneas azuladas y delgadas del Estena, del Estomiza, del Estenilla, del río Frío, aquel que nace a la solana del Rocigalgo entre quejigares y alcornocales, robles y lentiscos. Allí estaban el portillo del Cijara, el del Estena, los caseríos de las rañas, y la sierra del Aljibe, el serrijón magnífico que separa al Estena del Guadiana y viene a quebrarse en el risco del Molino. Andaba, decía, por los ancones donde el Cijara se interna por los confines del Estena, uno de los lugares más despoblados, olvidados y esquinados del mundo. Intentaba reproducir los perfiles, los lugares, los caseríos de los viejos mapas en la tierra actual. Aquel año el embalse se mostraba muy bajo, las sequías apretaban y los regatos hacía muchos meses que andaban desarropados. Observando los quiebros de dos F-16 sobre unos buitres negros asustados y nerviosos, bajé los prismáticos hasta uno de los golfos nortizos de la sierra del Aljibe, y descubrí, sobresaliendo a duras penas del agua, los restos de una pequeña casa, comida por el tiempo, en la que los muros aún guardaban la gallardía que ya le faltaba al entorno. Después de dos o tres horas de andar por jarales y de recorrer la orilla de lo que un día fuera el Estena, por fin llegué a las ruinas del caserío. 

Me sorprendí cuando, sentado sobre el arranque de lo que fuera muro de mampostería encontré a un pescador. Normalmente se quedaban en el viaducto, donde se llegaba bien con los coches o los dejaban los autobuses. Pero aquí, tan lejos del camino, de la carretera, de todo, era extraño. Pronto entablamos conversación. No parecía muy interesado en la pesa del lucio. A decir verdad ni hacía caso a la caña, ni al plomo hundido en el fondo legamoso que todo lo cubre y oculta. Sin preguntarle me comenzó a contar la historia de Simón Martín.

Simón Martín nació en una de las alquerías perdidas entre Minas de Santa Quiteria y Gamonoso. Su padre, porquero, pronto le enseñó a andar con las cabras por el monte. Desde chiquitín andaba por las rañas con la punta de cabras, se conocía hasta el mínimo rincón. Cuando le llegó el tiempo, marchó a quintas. Sirvió en África, y así conoció el mar, que era la primera vez que salía de este océano de montes y jarales. Cuando volvió pudo colocarse como gañán en Rosalejo. Pero no quiso. Entonces ya le había dominado el mar que encontró en la costa de África, y se le hacía imposible aguantar los secarrales de esta tierra. Así que se marchó a América. Dicen que trabajó en el canal de Panamá, que luego subió a California, a las sierras del Norte donde aún rilaba el brillo del oro; trabajó en los muelles de San Francisco, entre chinos y barcos que llegaban para hacer grande a un país nuevo; y luego, con ganas de andar más lugares, bajó al sur, al Caribe y a las ciénagas de Maracaibo, donde hizo fortuna con el contrabando y compró una hacienda a la que llamó Sierra Soledad, en recuerdo a sus primeras tierras de la Jara, y tan inmensa que no se recorría en una semana a caballo.

Simón Martín, andado el tiempo, sintió el reuma de la vejez en las tormentas del Caribe, siempre perfectas, siempre a su hora, con una virulencia que anegaba el ánimo del más puesto. Simón Martín vino a sentir las querencias de la vejez cuando ya era rico terrateniente y con el petróleo de sus pozos había llenado muchos bancos, comprado gobernadores e incluso había financiado un golpe de estado que no triunfó porque en el último momento el general Obando, el hombre de paja encargado de asumir el poder, fue asesinado a balazos la noche anterior al levantamiento, borracho y feliz en un prostíbulo de mala muerte en los arrabales de Caracas.

Simón Martín, cansado viejo y rico liquidó sus posesiones y volvió a su tierra. Cuentan que se compró esta casa, pequeña y modesta, a la que también llamó Sierra Soledad, y algunas huertas junto al Estena. Y de su fortuna no se volvió a saber nada. Cuando vinieron los ingenieros que levantaron la presa del Cijara para decirle que sus tierras iban a quedar treinta o cuarenta metros bajo las aguas, los despidió a balazos, igual que a los Civiles, que a él no lo habían jodido ni los indios, ni los militares, ni los curas, y ahora, aunque viejo, no se iba a dejar joder ni por el mismo Franco, que él había lidiado con generales más bigotudos y cojonudos que éste.




Cuando comenzó a llenarse el embalse todo fue desalojado, derrumbado y la gente se marchó. Todos menos Simón Martín. El último que lo vio fue uno de Gamonoso que se acercó a avisarle que las aguas en dos o tres días llegarían a su casa y lo despidió con dos salvas de escopeta que le pasaron muy cerca del cogote. Y no se supo más de él. 

Cuando llenaron la presa y el Caudillo vino a inaugurarla, cuentan que, de entre toda la basura que se agolpaba junto a las compuertas de la presa, tuvieron que sacar un cartelón ensamblado con soga y de buenas tablas de fresno, donde por las dos caras se leía Franco cabronazo, y que iba firmada por S.M., en rojo profundo y como recién pintado. Dicen que fue Simón Martín, pero vete tú a saber. De su fortuna no se volvió a saber nada. Que si la dejó en algún banco, que si la donó a los liberales, que tampoco se le conoció nunca mujer que le robara la hacienda y la salud. Hay quien dice que lo cambió todo por oro y que anda enterrado en lo profundo de este embalse, en los rincones más encenagados y oscuros. Hace algunos años un pescador que andaba al lucio con pez vivo, agarró con la albateja una figura de oro macizo, pesaría diez o doce quilos no crea, que dicen que era precolombina o así, y que volvió locos a los arqueólogos y gente rara de ésa, que no sabían que hacía en este culo del mundo un ídolo maya. Luego se lo llevaron a Toledo, lo escondieron en el sótano del museo ése que tienen y si te he visto no me acuerdo. A mí todo esto me lo contó uno de Minas de Santa Quiteria, y cuando el embalse anda bajo me vengo a este rincón a ver si un día pica algo y soluciono el porvenir, ¿no cree?

Mientras acababa de contar la historia el pescador recogió los aparejos. El cielo se había cubierto y amenazaba tempestad. No llovía desde hacía al menos dos o tres años, y la tierra se había olvidado de qué eran las nubes, de lo que ocurría cuando el cielo se deshacía. El pescador se marchó entre los jarales y me dejó enredando entre los restos de la vieja casa de Simón Martín. Se me hizo tarde. Pronto empezó a nevar, y me vi mal para llegar al coche, ya de noche cerrada, entre el silencio espeso en que las nevadas, tan a trasmano, envuelven a los montes de la Jara. 

Aquella nevada aguantó una semana. Luego llovió todo el invierno y la primavera. El embalse subió varios metros y ni siquiera en las sequías épicas de los noventa llegó a estar tan bajo. No he vuelto a ver las ruinas de la casa de Simón Martín, aunque siempre que voy al Cijara rebusco con los prismáticos rusos, que empiezo a creer que todo fue un espejismo que sólo funciona con las lentes verdes de los viejos Tento en los días de invierno que nieva sobre la Jara. Algunas veces me siento al pie de la arruinada casa de los peones camineros, allí donde los fósiles de un tiempo antiguo y olvidado emergen grabados en la pizarra ajada y gastada por el agua, y revivo la historia de Simón Martín. Allí en el fondo del embalse, donde los lucios juegan entre el légamo con el resplandor del oro, estoy seguro que Simón Martín vigila los recuerdos de Sierra Soledad.
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viernes, 16 de octubre de 2015

Los tiempos del Tajo

La Tribuna de Toledo, 16 octubre 2015


No se va a mover nada en el Tajo hasta más allá de las elecciones generales. Las piezas negras están colocadas sobre el tablero político, y las blancas, el Tajo y sus desguaces, andan ya escasas de efectivos y muy arrinconadas en el tablero. Políticamente no veo ganas en el gobierno de Castilla-La Mancha de dar guerra con el Tajo, es decir, defender los intereses de Castilla-La Mancha. Con el almacén de residuos nucleares de Villar de Cañas hubo mucha prisa en ampliar la Zona de Especial Protección de las Aves, pero no hay prisa en meter mano al problema del Tajo, a la seca de Entrepeñas y Buendía ya convertidos en inmensos barreños de lodo.

Me sorprendió que hace unos días el presidente Page no dedicara ni una palabra al problema del Tajo durante su intervención en la presentación del nuevo delegado de la Junta en Talavera. Ni una. Puede que haya un pacto de partido –uno más– para no tocar el asunto del Tajo antes de las generales. Ya se sabe: pactos de barones, que hay más votos en Levante que en la Mancha tagana, como dice la prensa mediterránea…, esas cosas que nos sabemos de corrido. El Tajo, aparte de donante universal, ha sido –y me temo que será– el cromo político o el comodín que usar en el momento adecuado por alguna prebenda política territorial o personal.

Las fichas negras del tablero se han organizado. Ahí está la ministra Tejerina vendiendo las excelencias de la política hidrológica de la era Rajoy, dejando de lado que desde Bruselas ya han dicho que las chapuzas de España no van a colar, y que los planes hidrológicos incumplen las directivas europeas. El nuevo plan de cuenca vuelve a dar una vuelta de tuerca definitiva al Tajo. Y desde los lobbys políticos y económicos trasvasistas ponen toda su artillería y llorera para pedir agua barata de donde sea y como sea.

Y en éstas en Castilla-La Mancha seguimos en nuestro particular pantano barométrico. Si el Ebro estuviese seco por un trasvase brutal a otra región, en Aragón, La Rioja o Cataluña no estarían en silencio, aplicando y acatando la sordina oficial. Si el Guadalquivir se hubiese trasvasado, en Andalucía no estarían con los brazos cruzados. Quizá al final nos tengamos merecido lo que nos toca. Cospedal se ha ido de rositas después de rehipotecar para décadas el Tajo y el futuro de buena parte de la región, y firmar un memorándum que quedará en los anales como una de las mayores traiciones a esta tierra. Y no pasa nada.

Viene el frío, el otoño, bajan las grullas. Quizá llueva, puede que no. Pero el Tajo continuará siendo un río preso en un preciso y diabólico aparataje jurídico y político. Hay que romperlo, destejer, desenredar el nudo que lo ata y mantiene en su Guantánamo. Hay que ponerse a trabajar a otro nivel. Y ya. El tablero y las piezas están. Vamos a mover pieza. O no.
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