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jueves, 17 de marzo de 2011

Luna llena sobre el Japón

La Tribuna de Talavera, 18 marzo 2011

Este fin de semana habrá luna llena sobre el Japón. El mundo es pequeño, y el miedo es más ágil que una nube de radiación. Tenía escrita la columna sobre nucleares y esas cosas de la energía, pero queda para el blog. La vida son imágenes y sensaciones, y esta semana hemos tenido demasiadas. Es triste que lo que quede del terremoto y del tsunami sea el desastre nuclear, tan predecible como evitable.

Estos días me gustaría ser japonés. Me de envidia ese país donde no se vive a salto de navajazo, donde te puedes fiar del vecino y la gente va de frente. Donde el miedo es de los de fuera, no de los de dentro. Entre el desastre me quedo con la imagen de una anciana en botas de agua, buscando en el inmenso vertedero en que se había convertido su paisaje vital, su pueblo, su vida. ¿Qué busca? No queda nada, todo es vacío, como el esqueleto de un mal sueño. Pero ella busca con las botas de agua impregnadas de barro.

¿Cuántas veces se habrá llevado el Pacífico la línea de la costa? ¿Cuántas veces habrán reconstruido los japoneses lo destruido? Sólo el hombre con la tecnología puede minimizar el desastre; o multiplicarlo. Esta paradoja flota sobre los campos encenagados de chatarra, donde los rescatadores con trajes de colores trabajan entre la nevada. Una tragedia en directo ha hecho a todo el mundo parte de ella, actor más que espectador. Ha vuelto a cambiar el mundo, como con Chernobyl, como cuando cayó el Telón de Acero, como el 11 de septiembre. En un mundo global, donde la información es instantánea, los esquemas viejos, han dejado de servir con la misma velocidad que Gadafi aniquila la «revolución», ante la vergüenza e hipocresía de Occidente, que el negocio es el negocio.

Apenas somos conscientes de lo que supone y supondrá el desastre de Japón. El país se levantará, porque sabe hacerlo, lo lleva en los genes. Aquello es un país, y con altura de miras. Tenemos mucho que aprender, porque es que aquí ni siquiera nos consideramos nación, con lo que no tenemos andado ni la mitad del camino. Más que criticar, alarmar, pegarnos –ahora–por las nucleares sí o no, deberíamos observar, ayudar y aprender. Porque este fin de semana habrá luna llena sobre el Japón, subirán las mareas del Pacífico y la Naturaleza nos recordará de nuevo que marca su tiempo en un reloj demasiado grande para que podamos entenderlo.


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Las enseñanzas del desastre de Japón

El gran fracaso de nuestro mundo es creer que lo controlamos todo. El antropocentrismo como religión obliga al hombre a creerse por encima del bien y del mal, dominar el mundo, extinguir, configurar un nuevo orden. Colocar seis reactores nucleares frente al Pacífico, en una zona crítica sismológica, sólo puede terminar en desastre, es una provocación al destino. Es como construir en las llanuras de inundación de los ríos. El concepto a manejar es el periodo de retorno. Uno, cinco, cincuenta, cien años. Simplemente desplazar en la escala temporal el desastre. Pero, en el tiempo que cruzamos, hemos perdido definitivamente el concepto de la realidad, manejamos coeficientes de seguridad ficticios, que minimizan el riesgo, y maximizan el beneficio.

La energía es un negocio. Las centrales nucleares lo son. Ahí tenemos las aberraciones de andar por casa: los dos reactores de Almaraz, que ni siquiera deberían haber entrado en funcionamiento; o el de Trillo, enfriado por un Tajo que es un hilo tan insignificante de agua que obligó a cambiar completamente el sistema de refrigeración. ¿A qué estamos jugando? La energía (nuclear, solar, eólica, hidroeléctrica) es un negocio, y como tal se produce, maximizando beneficios, y trampeando el resto, llámese seguridad, racionalidad o sentido común. Si dejamos la vida en manos de un negocio, sólo somos un elemento más de la ecuación. Luego no reclamemos. Ahora, por ejemplo, Madrid comienza a beber agua del tajo que ha pasado junto al reactor de Trillo, y al lado de la central en desmantelamiento de Zorita. No hay riesgo. ¿Quién lo garantiza?


El hombre no es infalible, y por tanto debe calibrar las consecuencias de sus actos. El problema surge cuando delegamos esa responsabilidad. Hay gente que no quiere subir a un avión. Yo no quiero vivir en un mundo con centrales nucleares. La vulnerabilidad es demasiado alta, casi tanto como la codicia. Lo que está en entredicho es el modelo de sociedad, el crecimiento entendido como carrera para terminar cuanto antes a bocados con el mundo. Las fronteras que nos van quedando por conquistar son las de nuestra propia lucidez como especie, y hasta que nocaigamos en ello, seguiremos tropezando en la misma piedra.

El desastre de Japón trae muchas enseñanzas: la entereza de sus ciudadanos, la codicia maximizada en una zona donde era cuestión de tiempo el desastre, la movilización de un mundo que cada vez se hace más pequeño. Quizá esta vez aprendamos algo.


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miércoles, 16 de marzo de 2011

Almaraz: dos reactores nucleares a 7 km de un Parque nacional

Sobre el embalse de Arrocampo, afluente del Tajo, se asientan los dos reactores nucleares de la central de Almaraz, puesta en funcionamiento a principios de los ochenta. En el embalse de Arrocampo, gracias al agua eternamente templada por la refrigeración de los reactores, proliferan carpas y peces gato, garzas y calamones. En este ambiente subtropical, las aguas de Arrocampo caen al Tajo, justo un poco por encima del Salto del Corzo, puerta de entrada al Parque nacional de Monfragüe. Tiene que haber pocos parques nacionales en el mundo donde a guisa de bienvenida te reciban dos reactores nucleares. Eso lo tenemos en España, en la provincia de Cáceres, junto a Navalmoral de la Mata, a 70 kilómetros de Talavera de la Reina, a 175 de Madrid, y a 100 kilómetros de la frontera con Portugal. Pero sólo a siete kilómetros escasos de donde crían y vuelan cigüeñas negras, águilas imperiales y buitres negros.
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