viernes, 4 de diciembre de 2015
La España del CIS
viernes, 17 de febrero de 2012
Homs
viernes, 25 de marzo de 2011
Marina Valdecañas como síntoma de país
La Tribuna de Talavera, 25 marzo 2011
Escribía en febrero de 2007 una columna sobre la cacicada de Marina Valdecañas, aún en proyecto. Después de leer, cuatro años después la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura sobre el asunto de Valdecañas, sentado ya frente a los chalets de más que dudoso gusto –color leones de la rotonda de los leones–, y con el césped del campo de golf perfectamente cortado, uno se pregunta si los conseguidores políticos del engendro tendrán la decencia de continuar un día más en el cargo. Pero, uno, ingenuo de natural, no cuenta que en este país nadie rectifica, y acto seguido lo que se hace es modificar la ley del suelo de Extremadura para llevar la montaña a Mahoma. Con dos cojones, y más teniendo en cuenta que lo que se ha hecho aquí es vestir como «vivienda social», mansiones de 500.000 euros con vistas al green. Y sin disimulo.
En este país, pese al encalado democrático, nos sigue aflorando el ordeno y mando de toda la vida, puesto que en la política como en lo cotidiano, somos un país de superficialidades, y en cuanto tocamos pelo nos pasamos por el forro eso de los ideales y demás, que vamos a lo que vamos: a asegurarnos el porvenir y el de los amigos/colegas, en la ancestral tradición carpetovetónica. Chapuzas similares afloran por donde se mire, PP ó PSOE, que tanto monta, etc., que el negocio es el negocio, y eso de los ideales queda para las campañas electorales. Ahí está la urbanización de Hellín, en el embalse de Camarillas; o el reino de Don Quijote, con trasvase del Tajo incluido (y pagado por todos); o Villanueva de Gómez, en Ávila, o la urbanización de Candeleda. La marbellización/murcianización del urbanismo es galopante, y sólo dormita esperando que escampe, la burbuja acabe de desinflarse, y vuelva el negocio. La sentencia del TSJ de Extremadura pide la demolición de lo levantado, y su restitución a la situación anterior. ¿Alguien se lo cree? Antes cierran Almaraz. Ése es el problema: España es un país de hechos consumados, donde lo mismo te hace la hípica un amigo constructor, que te olvidas pagar la factura de cuatro trajes. Qué más da. Tenemos lo que tenemos: Rajoy comprando el Marca en una gasolinera, y Zapatero escuchando embobado a Sarkozy. Es para lo que hemos quedado.
martes, 5 de octubre de 2010
- 40%
Un tiempo paralizado, sin saber a dónde o para qué, en un mundo donde sobra gente, porque ya somos sólo la utilidad, y las utilidades hace tiempo que se vienen definitivamente acabando. Sobrar, no estar, hablar, no ser escuchado; el silencio como reflejo del miedo de una sociedad anestesiada en su acabamiento, sin resortes para salir, mirar, comenzar de nuevo. Tiempo donde todo va siendo mentira, que se presiente en el ir y venir de los pájaros, las golondrinas nórdicas que hoy pasan rápidas hacia el sur y quedan extrañadas de este lugar donde el sol brilla, los árboles son más verdes y las distancias aún son limpias y profundas. En España el PIB ha bajado un 40%, la moral un 50% y el paro ha subido al 25%. Los números nunca tienen razón, las matemáticas no son capaces de acertar en su torpedad, pero los números arrastran su rotundidad. Habrá quien piense que todo son ciclos, toboganes de subir y bajar el yingyang económico, social, y esas tonterías. Y quizá sea verdad, porque no se trata de buscar razones, sino de entender, de hacer como que se sabe, dejar pasar, asentir, no ver. La microeconomía es el arte de hacer pajaritas con las letras mayúsculas de los números, bajar a la calle y observar. Cuando sobra todo, va quedando un vacío limpio y encendido, como el de las tardes de este octubre cuando el sol se pone detrás de la atalaya. Un cielo limpio, jaspeado por alguna nube escapada del Atlántico azul, frío, lejano.
jueves, 25 de febrero de 2010
ORLANDO
De noche La Habana es oscuridad. Calles vacías, reflejos de luces mínimas desde los charcos del último aguacero. Sólo el crujido limpio de las pisadas en el empedrado de las calles. La gente observa desde los portales, a oscuras o con una bombilla diminuta. Rostros negros, miradas rápidas. Cada dos o tres esquinas un policía, buenas noches. Sillares blancos de fortalezas bajo la luna, volver de ecos antiguos. El Océano lento y dormido en el emboque. Fogonazos lejanos, relámpagos sobre el Caribe.
No volveré a La Habana mientras no haya libertad. Yo puedo elegir. Allí no pueden. Y es suficiente. La libertad, el mayor don que dieron los dioses a los hombres, o es individual o no es: se convierte en otra cosa. No hay término medio. En los principios, la radicalidad, más que imprescindible es cuestión de dignidad. Con Cuba falta mucha dignidad, y con los cubanos sobra tanto olvido. No hay sinceridad ni verdad en las palabras, declaraciones y gestos vacíos –la mayoría fuera de tiempo–, que se escuchan en España desde que se supo de la muerte de Orlando Zapata. La vergüenza es definitivamente una especie en extinción en este país. La línea de la libertad, de los derechos humanos, no resiste medias tintas y excusas. Es raya muy fina, y se está a un lado o a otro. Sencillo. En España estamos muy a gusto sin entender nuestra responsabilidad, país ligero de memoria, prisionero de complejos, varado en su pereza por los siglos de los siglos. Cuba no se merece a esta España que deja hacer, que dice a medias y calla. Ideología como parapeto, filia como excusa, costumbre como almohada en que olvidar y dejar hacer.
Desde las troneras del castillo del Morro, La Habana de madrugada es una línea fina de luces amarillas que trazan el malecón. Desde el Océano sube un hilo débil de música, lejano, tan intangible y cierto como la libertad. De noche, y de día, La Habana es oscuridad y silencio, país/isla navegando en un vacío inacabable.
