Hace tres o cuatro años conté en el pueblo abandonado dos o tres parejas. Ayer unas doce, repartidas entre el castillo derrumbado, la iglesia abandonada y dos o tres casas de teja vana. El caserío sobrevive sus últimos días, caen las tejas, las ventanas se mecen con el viento y las amapolas explotan en el paisaje. Pasan los aguiluchos pálidos, las perdices toman el sol sobre las cubiertas vencidas; y los milanos reales vuelan altos. Los cernícalos pelean con las palomas y las grajillas. Hay sitio para todos. Los machos entran en el nido con escolopendras en las garras. Y se van otra vez, vuelan un rato, altos. Y regresan en oleadas. Cogujadas y trigueros en el camino y las lindes. Una oropéndola en la morera. La tierra seca al sol fuerte de este abril. Pedazos de cerámica y ladrillo, piedras calizas, mil veces arados y troceados. Los primillas entran una y otra vez, vuelan con el viento, con la alegría de la siembra verde y eterna, de los castillos que puntean la distancia, ruinas de un tiempo lejano del que no quedan caminos ni ecos. Han vuelto los primillas. Volveré a verlos esta primavera, a ver cómo los va. A ellos y al aguilucho pálido que vuela sobre los cipreses del cementerio. Han vuelto los primillas a su territorio de equilibrios y derrumbes, donde lo único sólido es el viento, lo único inmutable. Una buena noticia en esta primavera verde profunda, viva como pocas.
miércoles, 13 de abril de 2011
El regreso de los primillas
Etiquetas:
Cernícalo primilla
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario