Desde la raña el paisaje es real y tozudo. A un lado los quintos que caen al Pusa, más allá las rozas y los encinares y los jarales reverberando a las cuatro de la tarde. Más lejos Gredos, el Almanzor, la línea azul y transparente de la distancia infinita. Si no estuviera Gredos la mirada caería hasta el Océano y más allá, hasta las nieblas del norte, y se iría a navegar distancias, lejos, muy lejos. Días limpios, lúcidos como hoy, nacen muy pocos. Al sur la labranza vieja del Mancho, hecha ya barro, observándome desde el paisaje. Me arrimo a la sombra de una encina. Sale una pareja de torcaces. No hace calor en este verano frío y sin sangre, como paralizado por un rayo. Las alpacas puntean el paisaje, ya está todo cosechado, las pajas se clavan en las botas, y los rollos encementados con la arcilla roja tapizan la distancia como una era gigante, de hombres antiguos, ya derrotados como todo lo que vale. Me siento a la sombra de la encina y pongo las manos sobre los rollos, toco la tierra, las cuarcitas rodadas de la raña, gastadas por siglos de sol, lluvia, hielos y arados. Esto es la verdad, saben, hablan, sienten. He cerrado el ordenador, las noticias del desastre, la burla y escarnio a mi región, a mi tierra, que es esta que ahora toco y veo, que huelo, escucho y siento. Y me he subido a la Jara, paradigma de esta Castilla-La Mancha en la picota. Tierra pobre, saqueada una y otra vez, esta Castilla de conversos que ahora glosan las gracias a la nueva Corte de Toledo, y que callaban hace cuatro ó cinco años con los desmanes. Tierra de simples, tierra de ajustar cuentas, de conmigo o contra de mi, de amos y mejores siervos, donde la libertad es romper lanzas una y otra vez contra los molinos de la realidad, tierra de armaduras abolladas, de amarguras y contraluces zarcos, tierra sin mar, de espejismos evanescentes como humos vencidos y caídos.
Desde la raña el paisaje es infinito. Pasa un pastor, ovejas, alguna cabra, el carea me mira. Las pezuñas levantan el polvo que se lleva el viento sobre esta tierra, sobre esta Castilla-La Mancha real, que toco, que siento, que hoy desguazan los gigantes; que es, que vive, que respira, que vuela. Que existe. Tierra sin mar a donde huir, donde la mirada sólo puede clavarse, lejos, en el filo azul de Gredos desde donde esta Castilla del sur hoy es parda, limpia, despejada, vacía, abierta, de realidades transparentes y frías como este verano sin aliento.
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