miércoles, 29 de septiembre de 2010

El silencio y la belleza

Día de silencio, de tiempo transparente, a media velocidad, en blanco y negro pese al fulgor del mediodía. Silencio en un tiempo ya sin máscaras ni viseras, tomado por desengaños que pasean por la vida, por entre una calle de plátanos que presienten el otoño. En la belleza está todo.







Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza…


(L. E. Aute)


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domingo, 26 de septiembre de 2010

Porqué el Tajo está seco en Portugal

Ayer por la mañana bajé hasta el Tajo en Vila Nova de la Barquinha. Diez años atrás, en una mañana de otoño también bajé junto al Tajo. En aquella ocasión me sorprendió el Tajo ancho, moviéndose con respiración de río grande, de río vivo. En esta ocasión no había río, sólo barras de arena y grava, y el Tajo estrecho y casi paralizado. Un río de arena curvándose hacia el Océano ya presentido.

Por la tarde me acerqué hasta el castillo de Almourol. Diez años atrás, de mañana, crucé el río en la barca de Luis Gonçalves. Ayer por la tarde se podía pasar a pie. No había río. ¿Dónde está el Tajo?

El Tajo está prisionero en España, en los 6.752 hm3 que almacenan los embalses de la cuenca, al 61,3% de su capacidad. El año pasado los embalses españoles del Tajo estaban al 35%, con 3.855 hm3. La media de los últimos 5 años es del 39,2%, y de los 10 últimos del 45,6%. Hay agua el Tajo, y mucha: sólo en el tramo inferior Alcántara 2.582 hm3 y Valdecañas 587 hm3. Pero a Portugal no llega agua porque es más importante dejarla almacenada bien para poder trasvasar, bien para turbinar y producir beneficios cuando convenga al operador hidroeléctrico. El Tajo, como río, es un espejismo en España y en Portugal. Es una vergüenza que el río esté seco donde es río, en los tramos que atraviesa en Guadalajara, Toledo y Portugal, y esté detenido en los embalses, para cuando más interese. Y que España haga suyo al Tajo, con el mayor descaro, con el mayor silencio y el acatamiento del gobierno portugués. No hay sequía en el Tajo. Lo que hay es un negocio enorme con sus aguas.
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martes, 21 de septiembre de 2010

Viñas de Méntrida


Uvas en sazón. Apretadas. Dulces. Cálidas. Tierra blanca. Liebre a la sombra. Cernícalo en el cielo. Nubes en Gredos. Calor. Mochuelo en el olivo. Troncos viejos. Verde de septiembre. Share/Bookmark Leer más...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Felipe, Labordeta y Viriato: una cuestión de cultura popular en La Vera



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domingo, 19 de septiembre de 2010

A Labordeta

No soy del tiempo del Labordeta cantante, y sí del que recorrió España en Un país en la Mochila. Me gustaba aquella serie porque huía del tópico y se aferraba a lo cierto, aunque lo cierto ya fuera en el cierre del siglo XX, sólo una ruína, un cuento, un rumor, un adiós. Persona clara y limpia, que mando a la mierda a los diputados que se reían de él, que si la mochila, que si las batallitas. La verdad de la vida frente a la ignorancia en las Cortes, donde el pueblo es la excusa para una caterva de pulsabotones. Lo real frente a lo fingido, lo auténtico frente a lo oportuno. La vida desde los ojos de un viajero.

Publicado en La Tribuna de Talavera el 7 de octubre de 2002

Más allá de Terrugem, de Ciladas de São Romão, se llega a la carretera que conduce a Alandroal, una simple raya verde en el mapa. Un cruce de carreteras es el lugar donde se decide el futuro, donde se debe ser consciente de la puerta que se cierra, o que se deja entreabierta para otro momento. Para otro tiempo en el que uno no será el mismo, donde el paisaje no será el de ahora, en el que la misma gente no andará por las mismas calles, el sol no será el mismo, y, sobre todo, los ojos que observen no serán los mismos, quizá ya tomados por más luces, quizá por más nieblas. Por tanto, es mucha la responsabilidad de dejar atrás lugares, sonidos, andares. Y en este cruce decido no dejar atrás Juromenha, que queda a mano izquierda, al noreste, a tres o cuatro kilómetros. Giro a la izquierda y dejo Alandroal para otro momento, quien sabe si será esta tarde, la próxima primavera o nunca.

A Juromenha se llega por necesidad o capricho, nunca por casualidad. Porque existe una sutil diferencia entre los pueblos acostumbrados a ver pasar a viajeros y trashumantes, gentes de mirar ligero y huella pasajera, que no tienen otra que andar los caminos siempre con destino obligado; y entre los pueblos como Juromenha, sabedores de que quien cae por sus calles, por sus paisajes usados por siglos, soles y tormentas, acude en busca de algo, que la aprehensión de lo que entra por los ojos, por la piel, resulta definitivo a la vez que irrenunciable. Y entonces, en pueblos como Juromenha, se hace el silencio, a lo sumo una conversación leve que fluye por las calles empedradas, blancas, limpias, solitarias, y, lejano, un niño llora, mientras los gorriones llenan el silencio, y algún vecino, al final, se asoma y observa al forastero mientras éste intenta fijar en su mente el fluir de la vida en este rincón encontrado para la memoria.

Juromenha es un pequeño pueblo, blanco, diminuto, atalayado sobre el Guadiana fronterizo. Lo guardan la historia, el recuerdo, y las piedras abandonadas de la fortaleza que vigila los campos de Olivenza, miles de surcos tomados por el verde de los frutales, y en la lejanía los encinares de Cheles y las brumas de tiempos de batalla. Llego a Juromenha cuando el sol aprieta y el silencio ya se apodera del mediodía. Lo primero que hago es andar la enorme fortaleza, abandonada, descuajada por el olvido. A la entrada una placa recuerda a los héroes portugueses. Es de los cuarenta. Dentro abandono, rastrojos, lagartijas culebreando. En la capilla la pila bautismal quedó volteada, quizá no hubo tiempo de llevarla en alguna huida precipitada, y allí quedó. En la iglesia crece el abandono, las palomas salen asustadas cuando entro. Nada. Ando las ruinas, entro en las garitas de vigilancia. Las troneras aún apuntan a la tierra de Olivenza, tierra que fue portuguesa, y ahora ya no lo es. En las esquinas las garitas ofrecen sombra y refugio. En su interior pintadas de enamorados, de visitantes ya lejanos en el tiempo. Fechas, nombres sobre la piedra, lejanos y quizá ya tan olvidados como gastados.

Salgo de la fortaleza, de las ruinas, de la historia. Ando el pueblo, blanco como se dijo, pulcro, empedrado. Cal y rollos del lecho del Guadiana adobados con un silencio casi mágico. En el camino del cementerio, en una pequeña cuesta, tres olivos sombrean un pequeño mirador que va a dar sobre el río. Sólo tres mesas de madera, demasiado pequeñas, demasiado estrechas. Me siento, saco del morral la navaja y el avío, el mapa desflecado, y esparzo sobre la mesa los recuerdos de lo andado, de todo lo acumulado desde la mañana primera, la amanecida fulgurante en Mérida, el Guadiana detenido en las islas de Badajoz, el silencio y el presentimiento del puente de Ajuda, el blanco leve de Olivenza, los encinares embrutecidos por el sol, la ingravidez del acueducto de Elvas, y, sobre todos, el andar ligero del Guadiana por una tierra radiante, desconocida y oculta.

Escribo de lo andado, de lo vivido, sombreado por las estelas mínimas de los olivos, junto a la reciedumbre de sus quinientos o seiscientos años, troncos retorcidos, saber antiguo, que es como escribir aconsejado por la prudencia de los siglos. Escribo refrescado por la brisa que acude de más allá del Alentejo, del Océano donde van a morir todos los ríos de estas tierras de desesperanza, encinas y limpieza profunda, rotundidad de luces, de imágenes, de barbechos pajizos, eternos, de hombres silenciosos, de recuerdos enriscados en el encalado impoluto de las fachadas. De esperanzas que huyeron por chimeneas enormes, desproporcionadas.

Escribo sobre el puente de Ajuda, sobre el Guadiana tranquilo, abandonado a su discurrir que es como un río se alimenta de futuro. Queda el fogonazo de las viejas piedras por las que los portugueses acudían a Olivenza. Quizá siempre temieron que España se hiciera con Olivenza, que todo fuera ejercicio vano, que al final consuela llorar lo perdido, y que la memoria queda como refugio de imposibles. Los españoles volaron las arcadas centrales en 1709, y Olivenza cayó cuando principiaba el XIX. El puente de Ajuda, entre Elvas y Olivenza, cuenta a quien lo escuche su abandono, el despropósito de tanto por hacer en esta tierra fronteriza. En la margen española un camino ha roto con saña la orilla. En la portuguesa un grupo allí acampado echa a la fogata una encina de buen porte recién cortada. Vuela sobre el Guadiana algún cormorán, una garceta fugitiva y el rumor del agua lavando la piedra sobre la que se apoya el puente de Ajuda. Sestean los galápagos, sestean las encinas, duerme el horizonte. Lástima de río, de tierra, de gente, de mundo. La ruina de la razón acaba con la tierra, con el paisaje. Uno siente que este no es su mundo, que le debería haber correspondido en la noria del tiempo un espacio donde el hombre no se comiera a bocados su paisaje, su historia, sus huellas. Donde la estupidez no fuera moneda de cambio, donde no se hubiese volteado de tan mala guisa el sentido común, y todo valiera. Donde los reflejos de lo voluble no acabasen con el equilibrio de lo real, donde la conversación entre el hombre y la tierra que lo sostiene fuera cordial y no embadurnada de miseria. Escribo bajo los olivos de Juromenha, que no se olvide, contemplando por última vez un Guadiana libre, entero, en comunión con su entorno de alamedas, saucedas y rumor de corriente mínima, pero aún viva, con pulso.

Recojo. Guardo el avío ya demasiado viajado, la rotundidad de la fortaleza de Juromenha, el andar del Guadiana, el recuerdo amargo del puente de Ajuda, la delicadeza de la iglesia de la Magdalena en Olivenza, el esperar de las encinas sedientas. Todo queda, nada se marcha del todo. Verde de chumberas, encalado y añil de las fachadas, gris gastado en la piedra, verde en la ribera, azul mínimo en el Guadiana. Salgo de Juromenha, tarde avanzada. A la izquierda Alandoal, abajo Rosário más allá de Mina do Bugalho, tierra de dólmenes y encinas tan viejas como ellos. Me decido por Rosário, aunque en el mapa tenga marcada la ruta por Alandoal, su castillo y sus calles empinadas. Quizá quede para esta tarde, para mañana, o para dentro de muchos años, cuando el tiempo avance por territorios de lucidez.

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viernes, 17 de septiembre de 2010

Castilla y León permite matar lobos al norte del Tajo

Ya no se trata del sur del Duero, sino del norte del Tajo. La junta de Castilla y León publicó ayer en su Diario Oficial la Resolución de 1 de septiembre de 2010, de la Dirección General de Medio Natural, por la que se establecen los cupos de lobo asignables a cada comarca para el período 2010/11 en Castilla y León. Entre los 130 lobos marcados para ser abatidos, tres corresponden a territorios ubicados en la provincia de Ávila, concretamente dos en la denominada comarca Ávila (zona III), y uno en la comarca Valle Bajo Alberche (zona II). En la primera zona se encuentra la pareja que se quiere abatir a toda costa en Cepeda la Mora, mientras que el sentenciado en el tramo bajo del Alberche ocupa un territorio donde confluyen las estribaciones meridionales de Gredos y Guadarrama. Es decir: tres lobos que viven y campean en la cuenca hidrográfica del Tajo.

Ya no se trata del Duero, sino del Tajo. Hace ya tiempo que se tienen noticias de ejemplares divagantes al sur de Gredos, en el valle del Tiétar y el Alberche, y no sólo en las cuerdas de la divisoria del Sistema Central. El lobo en al valle del Alberche busca su dispersión natural hacia el valle del Tajo, y de ahí a los Montes de Toledo-La Jara-Villuercas. En el Alberche el último lobo se mató a principios de los años 80, muy cerca del propio Tajo. 30 años después vuelve.

Es obligación de la Comunidad de Castilla y León preservar las poblaciones de lobo al sur del Duero; y su responsabilidad permitir su estabilización y consolidación al norte del Tajo. Las comunidades limítrofes, Castilla-La Mancha y Madrid, además de Extremadura, deben tomar cartas en el asunto. El lobo en la próxima década debe consolidarse en todo el valle del Alberche, incluso hasta su confluencia con el Tajo, ocupando las sierras de San Vicente y La Higuera. Debe bajar por Gredos, y volver al valle del Tiétar, desde las nacientes hasta el Parque Nacional de Monfragüe. Y debe saltar el Tajo y ocupar La Jara, Valdepusa, las sierras de Guadalupe-Villuercas y unirse a las poblaciones de Sierra Morena.

Por tanto la colonización del Tajo es asunto de interés nacional, no algo exclusivo de una comunidad autónoma. Pero, con una cortedad de miras superlativa, la Junta de Castilla y León atenta nuevamente contra los valores ambientales, no sólo de la provincia de Ávila, sino nacionales, frenando la dispersión del lobo, permitiendo que se maten ejemplares en la cuenca del Tajo. Algo que habrá que denunciar y controlar.

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jueves, 16 de septiembre de 2010

Ésta es mi tierra

La Tribuna de Talavera, 17 septiembre 2010

Con las dos bofetadas de esta semana, la del centro logístico y la del tocomocho de los caudales novísimos del Jarama, se viene cerrando aceleradamente un círculo que ya viene durando demasiados años. Ahora, tarde, caemos del caballo y echamos cuentas de los olvidos y abandonos de la Junta y del Estado. Demasiado tarde. A estas alturas hay que mirar a los políticos –Estado, Junta, Ayuntamiento– que hemos votado y elegido; y analizar y pedir cuentas. El ciudadano echa la papeleta, sale lo que sale, y se tiene que contentar en esta sociedad que ha sido conminada a delegar sus competencias en la clase política, error mayúsculo especialmente en ciudades esquinadas y desamparadas como la nuestra. La culpa no la tienen exclusivamente los políticos, porque de los hombres se hacen los obispos. Aquí se ha votado a quien nos debía representar y defender los intereses de Talavera de la Reina y su tierra. Y los elegidos no lo han hecho. La ciudad ha ejercido su función, pero el político no ha estado a la altura, no ha defendido a su tierra. La política, como profesión/negocio es lo que tiene, eso de la carrera, la subordinación piramidal, la silla y el sueldo, que dónde vamos a estar mejor. Hemos perdido los diez años de mayor desarrollo de España haciendo genuflexiones en Toledo, contentándonos con los huesos mondados, como los perros, vendiendo aquí como logros las migajas de quienes se llevaban las tajadas. Al lado, el coro de aduladores y palmeros, simples a la espera de su oportunidad. No se hizo/hace nada, y empezamos la crisis en peor situación que incluso otros están ahora, tres años después.

Lamerse las heridas no sirve de nada. Hay que mirar al frente. Y trabajar. Ahí están las elecciones en unos meses, y hay una oportunidad de poner orden o silencio. La política blanda que se ha seguido en esta ciudad ha traído los lodos que nos consumen. Aquí, o se cambia de cuajo, o esto se hunde definitivamente. Hay que salir del barranco y poner a esta ciudad donde debe estar. Queda siempre la opción de largarse, de mirar lejos y buscarse la vida en una ciudad con vida y pulso. Pero está antes la responsabilidad de pelear por lo que crees, por tu tierra, por su gente, por los pueblos, por el paisaje, por sus ríos, por su mañana; por lo que quienes deberían trabajar, porque va en el sueldo, miran para otro lado y callan. Porque ésta es mi tierra: hundida, despreciada, olvidada, esquinada, desconocida, utilizada, vaciada. Pero mi tierra.
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