
Entre las naves de un polígono industrial, en Torrijos, al sol de mediodía.
palabras e imágenes
La Tribuna de Talavera, 10 septiembre 2010
A última hora de la tarde caen brochazos de un sol gastado sobre la Sierra. Hace rato que han dejado de pasar los helicópteros con dedales de agua colgando de las entrañas. La Sierra de San Vicente, en blanco y negro, un día después del desastre. Aún salen columnas de humo. Desde la distancia el valle está negro, pasan cortinas de lluvia, los robles aún resisten intactos de color y verano. Mañana subiré al Piélago. Esta vez no todo debería acabar cuando se marchen los retenes y los helicópteros. Ha llegado el momento de buscar responsabilidades. Hay mucho silencio en la Sierra de San Vicente. Mucho cobarde. Cada vez más rozas, lucecitas tililando por la noche, como tributo a un paisaje domesticado.




Desde que arreglaron hace un año las compuertas del embalse de Cazalegas, ya no se escapa ni una gota. El caudal ecológico, eso de que corra agua por los ríos, es algo de lo que no sabe la Confederación Hidrográfica del Tajo. El río Alberche, uno de los afluentes más caudalosos del Tajo, lleva meses sin agua en su último tramo, en su encuentro con el Tajo. Sólo las aguas residuales de las urbanizaciones y parcelaciones, y el agua residual de los polígonos industriales que se han comido los encinares. Pero nada de agua más allá de las compuertas del embalse.
Hacía tiempo que no veía a un alcaraván atropellado en la carretera del canal. A un lado el monocultivo de nogales; al otro la dehesa perfecta. Y en medio la carretera. Poco tráfico, pero suficiente. El alcaraván campea tranquilo por las dehesas de Malpartida, bajo las águilas culebreras y las imperiales. Dehesas de encinas, espesándose los enebrales. Aquí, en la raya del monte y el regadío, la fauna se multiplica: nutrias, chotacabras, conejos, garzas cazando hiératicas desde el cemento del canal, martinetes rechonchos a la sombra, azores vigilando desde los pinos torcidos, torcaces inmensas, jabalíes...