lunes, 13 de septiembre de 2010

Cardos de septiembre


Entre las naves de un polígono industrial, en Torrijos, al sol de mediodía. Share/Bookmark Leer más...

viernes, 10 de septiembre de 2010

Terrorismo ambiental

La Tribuna de Talavera, 10 septiembre 2010

Acabo de bajar de El Piélago. Hasta última hora de la tarde el helicóptero del Cerro Negro ha estado echando agua sobre los rescoldos que el viento avivaba. Tres días después aún arde la Sierra de San Vicente. Este incendio ha convertido en cenizas un pedazo del corazón de la Sierra; corazón de enebros, encinas, cornicabras, castaños, nogales… Un bosque de los que no arden nunca; a no ser que se les prenda fuego. Este incendio se provocó con muchas intenciones. Y año a año se pierde un pedazo de la Sierra. Y la cosa va a más, con mayor impunidad y menos complejos. La Sierra de San Vicente es campo abonado para el terrorismo ambiental. Para mí este incendio, como los de este invierno en El Real, de hace unos años en Navamorcuende y todos los que marcan la piel de la Sierra, son puro terrorismo ambiental. Pero también lo es la carretera que la Junta ha perpetrado entre Navamorcuende y La Iglesuela, con sus escombreras enormes, ante la cual sólo se ha hecho sentir el silencio de grupos ecologistas, frente a la denuncia solitaria y silenciada de unos pocos vecinos. También es terrorismo ambiental la carretera proyectada por la Consejería de Ordenación del Territorio entre San Román de los Montes y El Real de San Vicente, con más de un millón de metros cúbicos de tierra y granito a remover. También es terrorismo ambiental el dejar hacer de algunos municipios, que parcelan el suelo rústico para beneficio de cuatro, pasándose por el forro la ley y lo que haga falta, que para chulos nosotros.

Y éste es el resto.La Sierra de San Vicente es una maravilla natural de primer orden. Cuando se corrió el campeonato de España de ciclismo, los periodistas cuando cruzaban el Piélago decían que aquello era como los puertos de los Alpes, «con hayas y todo». Un lugar único y mágico, de historia y de etnografía, pero sobre todo herencia de los antepasados, templo de la cultura popular en toda su extensión. Ahora, ni plan de ordenación de recursos naturales ni parque natural. La Consejería de Medio Ambiente no se acuerda de proteger San Vicente ni la Higuera, dos joyas de primera magnitud. Mientras, quedan como estiércol para indocumentados y oportunistas, que no dudan en ir quemando, urbanizando, metiendo tendidos eléctricos, poniendo torretas de la luz o repetidores... Lo que sea. Septiembre empieza con un nuevo costurón a la Sierra. Hasta el próximo.
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martes, 7 de septiembre de 2010

La Sierra en blanco y negro

A última hora de la tarde caen brochazos de un sol gastado sobre la Sierra. Hace rato que han dejado de pasar los helicópteros con dedales de agua colgando de las entrañas. La Sierra de San Vicente, en blanco y negro, un día después del desastre. Aún salen columnas de humo. Desde la distancia el valle está negro, pasan cortinas de lluvia, los robles aún resisten intactos de color y verano. Mañana subiré al Piélago. Esta vez no todo debería acabar cuando se marchen los retenes y los helicópteros. Ha llegado el momento de buscar responsabilidades. Hay mucho silencio en la Sierra de San Vicente. Mucho cobarde. Cada vez más rozas, lucecitas tililando por la noche, como tributo a un paisaje domesticado.


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lunes, 6 de septiembre de 2010

Otra puñalada a la Sierra de San Vicente


A la Sierra de San Vicente cada año le queman su buen puñado de hectáreas. Esta tarde, viniendo de Madrid, la columna de humo señalaba el incendio. Han ardido, a mi entender, unas 100 hectáreas, todo el valle del arroyo del Águila. El que ha prendido el fuego sabía el daño que iba a hacer. Ahora, ya noche cerrada, el fuego sigue allí arriba. Arden enebros grandes, castaños y el monte espeso del mediodía del castillo del Piélago. Desde Talavera la ladera es un resplandor rojo que va desapareciendo. Y luego vuelve.

Las sierras de San Vicente y la Higuera, en cualquier país civilizado serían ya parque natural. Aquí no. Ni plan de ordenación de recursos ni nada que valga. Y cada año arden por algún costado. Aquí se respeta poco: ni el entorno, ni el paisaje, ni los bichos, ni la arquitectura popular que desaparece entre la más absoluta ignorancia. Carreteras avaladas por la Junta de comunidades que son barbaridades ambientales, alcaldes que dejan construir en lo alto de los cerros, o en medio de las dehesas, y aquí no pasa nada. Tendidos eléctricos, somieres cerrando los huertos, repetidores de telefonía o televisión en cualquier lugar. El paisaje y la historia como estiércol para un desarrollo basura, que todo se lleva por delante

Esta tarde ha ardido otro pedazo de la Sierra. Uno de los más valiosos. Magnífico trabajo de los helicópteros, sin ellos el desastre hubiera sido tremendo. El que lo ha hecho sabía lo que hacía. Y no será la última. Le va a dar lo mismo. La naturaleza es así de caprichosa.

Y éste es el resto.
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viernes, 3 de septiembre de 2010

Crazy Train

La Tribuna de Talavera, 3 septiembre 2010


Bajan los buitres sobre el cerro del Pino Tabernero, en la raya de Almorox. Paro en el alto, junto a la Senda del Cerro de los Judíos, que así llaman los mapas antiguos al camino de polvo y siglos que cruza la carretera entre los piñoneros. Vacas color vainilla sesteando, cruzadas mil veces con limusinas y charolesas. Barrunto de tormenta. Bochorno. Los buitres leonados pasan a diez o doce metros por encima. También viene algún negro, señorial, de otro tiempo. La Senda de los Judíos en otros mapas se llama Cordel de Talavera. Los coches pasan rápidos, entre Villa del Prado y Almorox, o Cadalso de los Vidrios, o cualquier sitio. Urbanizaciones inmensas que llenan los prismáticos de tejados rojos y parabólicas. Los buitres pasan abanicando a las mujeres que con la bolsa de la compra en la mano esperan en la parada de autobús.

Ni se inmutan, ni las mujeres ni los buitres. Una familia de cuervos ladra en lo alto. Abajo los camiones diminutos pasan por los huecos que deja el pinar. Piñoneros enormes. Raya blanca de las canteras. Torretas de luz, de teléfonos, de basura en general. Paisaje antiguo, huele a pino, orégano y boñiga de vaca. Una calzada alta. Buitres jóvenes bajando ahí mismo. Pasan prudentes autobuses verdes de El Gato; a toda hostia los coches, y alguno pita y le pega un grito al gilipollas que mira con los prismáticos y hace fotos. Esta mañana la culebrera cazaba en las lindes del monte del Alamín, blindado –como siempre– por los cuatro costados. Alberche diminuto. Leí, dos o tres veces, a la sombra de un fresno la columna inmensa de Ángel, Jacinto el Chupaligas. Va a ser un buen curso. Ahora pongo la radio del coche y están echando lo del debate de la región. Coñazo superlativo, lo de siempre, pero ya sin ganas, como los ojos de los besugos que nadie quiere en Mercamadrid. Lo quito, qué susto. En una radio poligonera de Madrid, suena, entre el ruido de la distancia, el Crazy Train con la guitarra de Randy Rhoads. A ver si arreglo la antena. Lo dejo, faltaría más. Arrendajos en el arroyo del Moro. Sombras en Aguenfría, en las Cruces. Lo que habrá visto esta tierra. Remolinos de polvo negro en la Senda de los Judíos. Caen los buitres hacia Cenicientos. Me voy con ellos. La radio chisporretea. La nube se prepara.
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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Caudal ecológico

Desde que arreglaron hace un año las compuertas del embalse de Cazalegas, ya no se escapa ni una gota. El caudal ecológico, eso de que corra agua por los ríos, es algo de lo que no sabe la Confederación Hidrográfica del Tajo. El río Alberche, uno de los afluentes más caudalosos del Tajo, lleva meses sin agua en su último tramo, en su encuentro con el Tajo. Sólo las aguas residuales de las urbanizaciones y parcelaciones, y el agua residual de los polígonos industriales que se han comido los encinares. Pero nada de agua más allá de las compuertas del embalse.

El resultado es el espectáculo del río muerto, convertido en espejismo sucio de lo que fue. Esta imagen vale por todo lo que se pueda decir: fotografía aérea del puente de la carretera de Madrid en la entrada a Talavera de la Reina. El cauce antiguo, ancho, convertido en un desierto de arenas muertas. El cauce nuevo, un par de metros de anchura, un charco putrefacto.
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jueves, 26 de agosto de 2010

El alcaraván del canal

Hacía tiempo que no veía a un alcaraván atropellado en la carretera del canal. A un lado el monocultivo de nogales; al otro la dehesa perfecta. Y en medio la carretera. Poco tráfico, pero suficiente. El alcaraván campea tranquilo por las dehesas de Malpartida, bajo las águilas culebreras y las imperiales. Dehesas de encinas, espesándose los enebrales. Aquí, en la raya del monte y el regadío, la fauna se multiplica: nutrias, chotacabras, conejos, garzas cazando hiératicas desde el cemento del canal, martinetes rechonchos a la sombra, azores vigilando desde los pinos torcidos, torcaces inmensas, jabalíes...

El alcaraván se hace sentir al anochecer, con ese escándalo de frontera sobre el que repican, siempre lejanas, las ondas del chotacabras. El alcaraván grita y se mueve deprisa, sin levantar vuelo. A éste del canal no se le volverá a ver ni oír por las dehesas. Como a otros muchos, miles, cientos de miles, millones de vertebrados que mueren atropellados en las carreteras: jóvenes, inexpertos, indiferentes ante las máquinas de colores que cruzan los espacios a toda velocidad, sin medida, como si fueran de otra dimensión. Estoy cansado de pararme en las cunetas y levantar cadáveres de águilas, búhos, chotacabras, y todos los bichos imaginables. Las carreteras son sumideros de vida. El alcaraván del Canal no es el primero, ni será el último de este verano.

Sobre la raya blanca, detenido, aplastado, como un sello, lleno de moscas y hormigas, sin vida, queda otro cadáver. El alcarván de la carretera del canal.
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