viernes, 25 de febrero de 2011

El espejo transparente



La Tribuna de Talavera, 25 febrero 2011

Al final de la película Lawrence de Arabia hay una escena en la que, una vez tomada Damasco, el príncipe Feisal, el general inglés Allenby y el intrigante diplomático Dryden –Claude Rains, capitán Renault en Casablanca–, acondicionan el escenario resultante de la revolución árabe; cada uno a su conveniencia, faltaría más. El general y el príncipe pelean por quién se queda con la planta de bombeo del agua potable; entonces Dryden, tan cínico como pragmático, les dice: «al parecer tenemos un servicio de agua británico, con la bandera árabe». Durante un siglo esta ha sido la filosofía: fontaneros de Occidente manejando las tuberías del resto del mundo, comprando y manejando países, aunque de vez en cuando alguno de los dictadorzuelos le diera por reventar aviones sobre Escocia. Daños colaterales, simplemente. Probablemente nada cambie, pero la Historia está pasando otra de sus hojas.

A Occidente le interesa el petróleo, le interesa el dinero; no las personas. De ahí el silencio ante las dictaduras del norte de África, de Arabia, de Mesopotamia. El miedo al fundamentalismo islámico es un arma de destrucción masiva, empleada como antídoto por una sociedad que adora el becerro de oro del consumismo, la cultura del más madera. La cultura económica como suma sacerdotisa de la civilización, con unas democracias del primer mundo eternamente anestesiadas con los perros de paja que mantenían amordazados a los ciudadanos, pero abiertos generosamente los pozos de petróleo para las multinacionales. Los dictadores se enriquecen, se ha limpiado el patio de atrás de Estados Unidos –América para los americanos, pero del norte –, pero Europa dormita no se sabe qué sueño. Ahora que nosotros empezamos a ser el patio de atrás de China, los argumentos que habría que poner sobre la mesa son los de la civilización, las humanidades, la libertad, la justicia, la igualdad. Pero no. Ponemos sobre la mesa el petróleo, el gas, como los romanos ponían el oro; nunca las personas. Poco hemos avanzado. El espejo se nos disuelve delante de los ojos, se hace transparente, y ellos ya somos nosotros.

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