lunes, 12 de octubre de 2009

LAS CENIZAS DEL GUADIANA

El alto Guadiana ya no existe. Tampoco existen el curso bajo del Gigüela, ni los Ojos de Villarrubia, ni las Tablas de Daimiel. Nada. Siguen ahí, en los mapas y los papeles, en las señales de las carreteras. Existe aún un parque nacional que lleva el nombre de las Tablas de Daimiel. Pero ya todo es Historia.

Este otoño arde otra vez la turba, se abren grietas en el lecho reseco de las tablas, no hay agua, es imposible. El esqueleto mondado del Guadiana se deja consumir, que los elementos conviertan definitivamente en desierto lo que antes fue manadero de vida.

Escribir de la muerte del Guadiana es muy difícil. Quizá sea porque al final es escribir una historia de avaricia e ignorancia, de caciquismo político y de inmenso desapego a una tierra y a un paisaje. Es la historia del suicidio cultural de un territorio, alentado por un poder político interesado sólo en perpetuarse, lejano a conceptos de gestión y futuro. Es la historia de un dejar hacer, de mirar hacia otro lado, de imponer la lógica de la degradación hasta que ya no se pueda hacer nada, hasta que volver atrás sea imposible.

30 años con los Ojos secos, sin agua, sin rumbo. He recorrido varias veces, despacio, lo que fueron los Ojos, lo que fue el curso del Guadiana, los molinos y las islas, los paisajes lunares, hundidos de lo que fueron las tablas del Gigüela, del Guadiana, del Azuer. No queda nada. Un ecosistema único, un engranaje perfecto de la Naturaleza afinado durante milenios, arrasado en cuatro décadas. No queda nada, ni siquiera la esperanza. Porque las Tablas no son un charco donde observar patos, una lámina de agua en medio de campos de aspersores y viñas de regadío. Las Tablas eran otra cosa. Eran la comunión entre el cielo y la tierra, entre la luz y la oscuridad, entre lo posible y lo soñado, un lugar mágico, uno de los pocos lugares de la Tierra donde la vida nacía con una rotundidad mágica y esplendorosa.

La última vez que estuve en las Tablas llevé a un grupo de estudiantes. Recuerdo explicarlos todo esto desde el observatorio de la Isla del Pan. No había agua, todo era silencio, el reclamo de algún carricero lejano, el vuelo entre las brumas del aguilucho lagunero. Pero no había agua, y todo era un continuo de vegetación, la máxima expresión de la degradación. De la Mancha se ha arrancado el Guadiana de cuajo, como las encinas de las dehesas que dejaron lugar a los campos de maíz. El fuego es la purificación. Quizá tengan que arder las Tablas para que el mayor desastre ambiental de Europa occidental salga a la luz, fuera de las mentiras del parque nacional, de los gobiernos central y autonómico. Las Tablas, el alto Guadiana exige radicalidad inmediata, no un plan especial de 6.000 millones de euros que va a hacer ricos a unos cuantos, y no va a hacer nada por recuperar el acuífero 23. Pero no hay voluntad, ni ganas: este año se han permitido dotaciones de entre 7.000 m3/ha y 9.000 m3/ha para regadío, se sigue sin saber cuántos pozos hay, ni el agua que se saca del acuífero. Todavía se siguen dando por buenos los datos de recarga natural anteriores a la década de los ochenta del pasado siglo, esos 300 hm3/año, tan imposibles como irreales. Se sigue sin actuar, pero el tiempo ha avanzado. En los últimos seis años –el periodo seco más largo del que se tiene noticia histórica en las cabeceras del Tajo, Júcar y Guadiana–, se han trasvasado del Tajo hacia el Segura 1.727 hm3; hacia las Tablas 45 hm3. Este año se ha esperado a última hora, y no ha llegado nada, pero a los regadíos de Alicante y Murcia sí lo han hecho 128 hm3. No digo que las Tablas tengan que convertirse en un encharcadero de aguas trasvasadas del Tajo. Pero sí que se sabía que éste era el año del desastre, que lo peor podía ocurrir, que se podía pasar la puerta del no retorno; y se ha dejado hacer. Sin dolor, sin insistir, sin radicalidad, con la mansedumbre de los bueyes.

¿Qué hacer? Dejar de regar en el acuífero de las Tablas y el de las lagunas de Ruidera, romper la presa de Peñarroya, y dejar que el Guadiana fluya, que vuelvan el Gigüela, el Záncara, el Azuer, todos. Dar tiempo, devolver lo que hemos robado. Ser generosos, volver a plantar el bosque, las dehesas, saber que no veremos nada, pero que somos capaces de devolver la vida, de trabajar en una escala temporal que nos supera; pero que es nuestra obligación.

Las Tablas de Daimiel son irrecuperables como lo que fueron. Las Tablas, o son con dignidad, o mejor dejarlas morir, que embalses, charcones y humedales artificiales nos sobran. Quizá falten dos o tres generaciones, otra mentalidad, otros ideales y otra educación. Pero llegarán tarde. Las Tablas simbolizaron la íntima conexión de los ecosistemas, la imposibilidad de desgajar y romper todo y salvar una minúscula porción. Las Tablas es el espejo en el que se miran Doñana, La Albufera y el delta del Ebro; y donde tienen su meta. Todo, como la vida, está entrelazado, y no podemos romper los vínculos y sustituirlos por tuberías y diques artificiales. Los lugares se nos mueren.

Arden las Tablas. Ya lo hizo la madre del Guadiana, las turberas se vendieron para los invernaderos de Murcia, los huesos de los guerreros iberos fueron arrancados de sus tumbas en las motillas por saqueadores con detector de metales. Ya no hay cangrejos, ni manan los ojos, ni crían las garzas imperiales, y no hay ríos en decenas de kilómetros a la redonda. Todo es mentira, ya no existe la esencia de la tierra, el paraíso donde los ojos esmeraldas brotaban sin descanso.

He caminado por los ojos del Guadiana, con las cenizas y la turba llegando más arriba de las rodillas, con el viento moviendo las cenizas y levantando remolinos. Me he sentado en las orillas de lo que fueron ojos y he levantado la imagen de lo que fue, y ya no será. La luz, los sonidos, los olores, el relente, la belleza, el bullir de los pájaros y la vida. El fluir de los barqueros, de los cangrejeros. Ya todo es irreal, está en otro mundo, en otro plano, en otra dimensión. Todo está ahí, estuvo, se quedó quieto en un momento ya antiguo e irrecuperable, como las cenizas del Guadiana que se lleva el viento, en espirales muy altas, para no volver jamás.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Impresionante descripción de una realidad irreal. Quizás las palabras sobran ante desastres de esta magnitud, pero en este caso las tuyas son justas y generosas, demasiado generosas para seguir soñando con un nuevo despertar de la vida, aquí ya ni el ave fénix consigue sobrevolar estas cenizas. Soy profesor de Geografía e Historia y tus palabras serán reflexionadas en clase junto con las de otros muchos que reivindican un último acto de valentía en esta "sociedad del conocimiento", porque desastres ocurren también, aunque a escala menos llamativa, en todos los rincones de nuestras tierras, como esas grietas por las que sigue perdiendo la vida las Tablas y tristemente no serán nunca conocidos.

Anónimo dijo...

Ciertamente lamentable lo que ha pasado en el Alto Guadiana... aunque eso que le hemos robado a la naturaleza en las Tablas haya servido para pagar las carreras a hijos de agricultores que hoy son licendiados en Medio Ambiente o profesores de Geografía e Historia... cuánto recurso natural desperdiciado.

Anónimo dijo...

Pocas carreras creo que hayan pagado Las Tablas. Tampoco se necesita mucho para estar en loas Ayuntamientos poniendo la manos bajo la mesa mientras se levanta la otra para secar lágrimas. Dejemos de echar la culpa a quienes menos la tienen y exijamos responsabilidades YA que conlleven una verdadera compensación de 60 años de despropósitos en La Mancha. Es fácil machacar al que menos puede defenderse cuando los que realmente han provocado esta situación están a muchos kilómetros de aquí.¿y quién les ha costeado a ellos sus estudios?. No nos faltaba más que sentirnos culpables de haber podido estudiar una carrera, mientras millones de litros siguen regando los campos de golf de extranjeros llevados en volandas por lameculos con talento universitario.

trotalomas dijo...

Llueve sobre mojado (ojalá hubiera sido así en las Tablas), y tu entrada me confirma lo temible de la situación del Guadiana, de las Tablas de Daimiel, y de ese ecosistema herido de muerte que ya hemos perdido.

Tus palabras me han calado hondo, rebosan sentimiento y amor por el que fuera uno de los parajes más valiosos de esta, cada vez más, España reseca.

Que nuestra voz sirva, ya que no para salvar las Tablas, para denunciar unos hechos por los que nos juzgarán las generaciones venideras.

Un cordial saludo.