viernes, 29 de enero de 2010

CAMINOS Y CARRETERAS

La Tribuna de Talavera, 29 enero 2010


Hay veces que piensas que las cosas deberían ser mejor sólo por el motivo de que somos más viejos, que el tiempo avanza y que no es posible que las cosas vayan para atrás, que lo alcanzado y superado ya quedó ahí, como mojón de líquenes en un camino que, siempre, va hacia delante. Esta tarde me he parado un rato en el Cordel de los Llanos, junto a los madroños supervivientes del camino de Poyales. He quitado la música del coche, he cogido los prismáticos y me he quedado un buen rato junto a la herrumbre de los carteles del Cordel. Antes, a mediodía, había recorrido un buen tramo de las obras de la nueva carretera, una autopista que corta a cuchillo el valle del Tiétar entre Ramacastañas y Candeleda. Esta carretera ya se paró a principios de los años 90, se la tachó de absurda y de innecesaria. Pero ahí está ahora, veinte años después, como un desafío a la inteligencia y a la belleza. He avanzado hasta donde he podido, con el barro, los camiones cargados de tierra roja, las enormes excavadoras rompiendo el granito y agrandando la cicatriz. Esta carretera ya aparece en algunos planos, en los navegadores, pero las águilas, las cigüeñas y los melojos no lo sabían, ni falta que hacía. He seguido hasta donde he dicho basta, y me he vuelto. En tardes como la de hoy comprendes, con la rotundidad de los hechos, que todo tiende a desaparecer, a romperse, a sobrevivir sólo en los recuerdos. Las máquinas trazaban su camino, todo será ya distinto. Arriba el buitre negro contemplaba la enorme veta de tierra roja en carne viva. Hasta que se marchó lejos. Como yo.

Después me he parado en el Cordel, he cogido los prismáticos y me he puesto a contemplar las distancias, las que caen al Tiétar, las que se pierden en Gredos. Las láminas de Rosarito y Navalcán, las charcas llenas de gaviotas, los punteos de robles y pinos. Y al fondo Gredos, con más pistas, con más casas, con más costurones. Pero siempre Gredos. Pasaban los milanos reales, y sobre el Almanzor crecían nubes lenticulares, finas, que se deshacían en un soplo del viento de las alturas. Allá abajo cruzará la carretera. Ya nada es como fue, ni lo será. Tampoco lo seré yo, ni Gredos, ni nada, ni nadie. No hay mojones en el camino, todo se ha vuelto de niebla, y ni siquiera quedan estelas para recordar, como el polvo de las nubes que ya no lo son. Nada.

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